Arte

“Hacer arte es un ritual, quizás el más valioso -aunque elitista- que queda en esta sociedad”. Lucy Lippard

El arte y los artistas han sido a lo largo de la historia los primeros en hacerse eco de las situaciones de la sociedad en las que les ha tocado vivir, y el arte occidental es una buena prueba de ello. Desde principios del siglo XX las artes plásticas, así como  la literatura y la música, han conocido transformaciones tan radicales que se ha podido hablar incluso de una destrucción del lenguaje artístico. Comenzada en la pintura, esta destrucción se ha extendido a la poesía, la escultura, el teatro etc. En ciertos casos se trata de una destrucción del Universo artístico establecido, aunque, más que una destrucción, sea una regresión al Caos, a una especie de masa confusa primordial. Y sin embargo, ante tales obras, se adivina que el artista está a la búsqueda de algo que no se ha expresado aún. Esta destrucción-deconstrucción, no es sino la primera fase de un proceso más complejo y que la recreación de un nuevo Universo debe seguir necesariamente.

Nos encontramos de nuevo ante  un proceso de vuelta al origen, de volver a comenzar dentro de una perspectiva actual que no satisface las necesidades del alma. Y este fenómeno que encontramos en el arte es sumamente importante;

“son los artistas los representantes  de las verdaderas fuerzas creadoras de una civilización o de una sociedad. Por su creación, los artistas anticipan  lo que sucederá – a veces una o dos generaciones más tarde- en los demás sectores de la vida social y cultural.” Eliade, Mircea.

El concepto de ritual en el arte contemporáneo es evidente, pero es importante conocer que la destrucción de los lenguajes artísticos ha coincidido con el desarrollo del psicoanálisis. La psicología ha valorado el interés por los orígenes, característica de la actividad ritual, que se ve reflejada en el interés creativo del arte moderno, que parece comprender que un verdadero comienzo  no puede tener lugar más que después de un verdadero final. Y son muchos los artistas modernos que se han dedicado a destruir realmente su Mundo para recrear un Universo artístico en el que el hombre pueda a la vez existir, contemplar y soñar; como ocurrió en su día con movimientos  tales como el impresionismo, el cubismo, el surrealismo, el dadaísmo o el dodecafonismo.

Todas estas experiencias revolucionarias auténticas del arte moderno reflejan ciertos aspectos  de la crisis espiritual o simplemente de la crisis de conocimiento en la que se encuentra nuestra sociedad. Y el modo en el que la creación artística se enfrenta a esta situación, sigue ciertas analogías con el ritual, puesto que sigue la estructura cíclica de volver al origen para nutrirse de nuevo y volver a establecer nuevas relaciones que abarquen los aspectos que habían quedado obviados.

Una de las manifestaciones artísticas que más han reivindicado la experiencia en su mensaje es el arte de acción y la  performance, desde la expectación pasiva de algunas formas del cine o el teatro, hasta la participación desenfrenada del happening o el acercamiento del arte a la vida, del fluxus.

El deslumbrante surgimiento de nuevas zonas de estudio, ocurrido como consecuencia del retroceso del caos y avances del conocimiento, ha sido fundamental para establecer estos puntos de vista El siguiente paso fue descubrir la necesidad de la actividad experimental a nivel de los lenguajes para examinar sus posibilidades expresivas y su grado de competencia, a la hora de conceptuar artísticamente la experiencia humana o lo desconocido a nivel de conocimiento. El arte de la acción no ha quedado al margen de estos condicionantes. No se pueden separar las áreas de la actividad humana en estancos separados, son inequívocamente inter-influyentes. El arte de la acción ha venido, como toda nueva formación artística, a cuestionar “lo ya sabido en arte” y a promover nuevas perspectivas de expresión a nivel simbólico.

 “Parodiando a Marcel Duchamp podemos decir que la performance proviene de la vida y no del arte porque ha sabido amalgamar el sentir popular llamando la atención sobre las arbitrariedades del poder, hablándonos de la solidaridad y la cohesión social en torno a ideales compartidos y, también, adormecidos sentidos de la vida postergados por la creciente indiferencia que impulsa el neoliberalismo. ” Clemente Padín

El rito, como lengua del mito, expresa temas, núcleos de acciones performáticas, es decir, realizaciones concretas en un tiempo y un espacio presente aquí y ahora, en un presente continuo que denota una presencia contundente. Expresar, aparte de significar lo explícito,  significa liberar lo preso, pero quien no está preso no necesita expresarse, sino estar presente.  Los ritos de origen, con sus símbolos de transformación, se re-significan desde la prehistoria hasta nuestros días, cambian de vestido, de forma, pero su esencia es perenne. Van de lo sagrado a lo profano, y como ave fénix, resurgen de sus cenizas: de lo profano a lo sagrado. El numen se revela, a su tiempo, de múltiples formas, religando los mundos y reuniendo las artes en su fuente original. En los ritos originales las artes aun no se han dividido, permanecen en su unidad integral. El rito es matriz de las artes. Entendemos el “rito posmoderno” como la manifestación del mito en la posmodernidad, es decir, el advenimiento del numen sagrado a través de nuevas formas.

Cuando las antiguas artes griegas decayeron en divisiones de géneros y estilos y en especializaciones técnicas, perdieron su sentido original. El origen no es algo del pasado, sino algo que permanece en el presente, en la fuente interior y original de todas las representaciones del ser. Los mitos se manifiestan en los ritos y en las ceremonias reiterativas, que tienen como objetivo orientar una fuerza oculta hacia una acción determinada. Así la performance trabaja sobre la disolución de los géneros y estilos clásicos, aristotélicos, e intenta, como arte transitorio, en tránsito, o de trance, crear nuevas formas, inéditas y originales. Podemos afirmar, como lo anunció Nietzche, que se trata del fin del arte apolíneo, clásico, y del retorno del arte dionisiaco, como un arte ritual, integro, telúrico y sustancial, donde las formas (los géneros y estilos) no están divididas, separadas, sino integradas y unidas. La performance, se podría considerar como rito posmoderno, una forma que intenta invocar el numen sagrado (llámese Dionisiaco, Shivaista, Chamánico, Yhavehista, Taoista, Zen, Judío, Cristiano, Musulmán, Budista, Hinduista, etc.) poniendo de manifiesto el regreso de los dioses a la escena, la reconstitución de los espacios originales de representación, y del sentido sagrado del arte.

“El arte clásico, profanado por el materialismo, desde el Renacimiento europeo, que rebajó la naturaleza y el espíritu a la medida del hombre, en vez de elevar el hombre a la medida natural y espiritual, decayó en formas patéticas, repitiendo las fórmulas apolíneas, de una pretendida proporción exterior perfecta, encajonando en clisés el sentido estético, y separando la verdad de la belleza, y la ciencia del arte, es decir, desintegrando el ser de sus manifestaciones formales. Nietzsche denunció como, después de Eurípides, comenzó la psicología e imperó la tramoya, el truco escénico, construido por Dédalo, el constructor de artificios. A partir de Eurípides los dioses abandonaron la escena, y fueron remplazados por la maquinaria artificial: la tramoya; y por la maquinaria mental: la psicología. La psicología es la tramoya mental, la trampa donde quedo atrapado el arte clásico, hasta producir, en el s.XIX, el naturalismo y el realismo psicológico, y en el s.XX, el melodrama y la telenovela; presas todas ellas de la trama psíquica y de la ceguera material. Artaud, en No más obras maestras (El Teatro y su Doble) responsabiliza también a Shakespeare como artífice del teatro psicológico: “Cuando en Shakespeare el hombre indaga acerca de algo que está más allá de sí mismo, lo hace siempre en definitiva sobre las consecuencias de esa preocupación, es decir, hace psicología”.  Juan Monsalve.

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